Todos hemos oído alguna vez a algún adulto decir, o incluso hemos dicho nosotros mismos, “yo soy como un@ niñ@ para algunas cosas”, “me siento como un chaval cuando…”, “llevo a un adolescente dentro”, y otras formas expresivas que, de alguna forma y en algunos casos, vela una verdad desconocida para quién habla, bajo la forma de una frase simpática que aspira a evocar la subsistencia de algún rasgo infanto-juvenil que perdura en esa persona. En algunos de estos casos, podríamos estar ante un caso de adultos inmaduros.
Ciertamente, no hay forma de disfrutar de algunas cosas o situaciones de la vida si no es entregándose a ellas desde una posición infantil; que no “como un@ niñ@”, que es algo sustancialmente distinto.
Si acudimos al cine con un@ niñ@ de 6 años a ver, pongamos por caso Superman, no tendremos forma de disfrutar esa historia si no es haciendo un ejercicio de fe poética que suspenda por un momento el sentido de realidad y valide la propuesta de que un ser de otra galaxia, semejante a los humanos, atesora poderes que supera con mucho los de cualquier otra persona y surca los cielos instrumentado con una capa.
Podemos, incluso, disfrutar de la historia con la misma intensidad que el infante al que hemos acompañado en el visionado de la película y sin embargo, cuando salimos del cine, la dinámica mental del niño continuará construyendo aventuras del personaje en su pensamiento infantil, y que expresará principalmente en el dibujo y en el juego; mientras que la del adulto regresa, o debería, a la cruda realidad de los vínculos sociales, económicos, laborales, sentimentales y de cualquier otra índole que tejen su vida.
Decimos “debería” porque, tal como nos muestran algunos casos en la práctica clínica, no en todas las ocasiones los acontecimientos se dan así, sino más bien observamos cómo ese modo standby en el que quedaba su sentido de realidad durante el visionado de la película – y que lo ubicaba en una clave de ingenuidad infantil -, se le pone en juego también en cuestiones que tienen que ver con el amor, el dinero, el trabajo, los celos, la envidia, etc., sin que pueda hacer nada para evitarlo, y mucho menos para poder entenderlo.
En definitiva, hablamos de aquellos adultos que se disponen de una forma inmadura, con actitudes, pensamientos, planteamientos y discursos equiparables a los de un@ niñ@/adolescente, frente a algunas cuestiones que hacen a las distintas áreas de su existencia, que tienen una trascendencia medular para sus vidas y que inciden directamente tanto en la calidad como en la salud de los vínculos que establece con las personas y las funciones implicadas en todas y cada una de ellas. Es aquí, en estos casos, donde podemos hablar de adultos inmaduros.
Características del adulto inmaduro
Desde el punto de vista clínico, resulta de obligado cumplimiento establecer, como punto de partida, la premisa de que ni se puede ni se debe perder de vista la relevancia que tiene el hecho de que la práctica clínica nos demuestra, cada día, que cada caso es absolutamente singular.
En cada paciente que presenta algún rasgo distintivo relacionado con la inmadurez, éste se presenta con diferencias notables con respecto a los demás casos, aun tratándose del mismo rasgo. La diferencia radica, entonces, en la singularidad con la que se juega en cada individuo, referida ésta a cómo le afecta, hasta donde está interfiriendo en sus relaciones y, sobre todo, en lo que concierne al bienestar y la calidad de los vínculos que construye.
Partiendo de esa base, podemos rescatar de la diversidad de casos que atendemos en consulta, en los que observamos adultos que presentan ciertos rasgos de inmadurez, algunos denominadores comunes a casi todos ellos.
Rasgos comunes que, una vez planteado el conflicto en cuestión y en contexto, vendrán a conjugarse con la particularidad con la que el sujeto experimente tales situaciones y que, ineludiblemente, va a estar determinada por las diversas vivencias que ha tenido a lo largo de su vida, cómo las haya podido dirimir y de qué forma le hayan marcado.
Si pensáramos, por ejemplo, en la clave desde la que, generalmente, abordan los adultos inmaduros las relaciones de pareja observaremos que, en casi todos los casos, se registra una necesidad exacerbada de control sobre el tiempo y las acciones del partenaire, y que muy posiblemente, en el caso de no lograr, sumirá al adulto inmaduro en episodios de rabia, desconfianza y recelo que dirigirá hacia el/la compañer@.
Lo que, inevitablemente, instalará de forma progresiva el malestar en la relación, que se hará notable, habitualmente, más pronto que tarde – conviene señalar -, y que será el derivado de la dinámica polar de acercamiento-distanciamiento, de idas y venidas, de enfados y reconciliaciones a la que queda abocada la pareja.
Además, cabe señalar que, por lo general, la capacidad creativa del adulto inmaduro para armar una trama imaginaria que lo sume en un escenario trágico de dolor y sufrimiento es una característica que, en los casos más graves como la celopatía, puede ser tan florida que llegue a adquirir niveles cercanos al delirio.
Dicho de otra forma, para el celópata la fantasía de traición que se juega en su mente alcanza el rango de verdad con un grado de certeza tan rígido que incluso le puede llevar, en algunos casos, a confrontar las pruebas y la razón más evidente que se le expongan con el ánimo de “racionalizar” su fantasía.
Tanto en el amor como en escenarios distintos a éste – laboral, social, familiar, etc -, los adultos inmaduros, por lo general, revelan un miedo exacerbado al compromiso, a quedar expuesto a la mirada y el juicio de los demás y, sobre todo, al hecho de asumir la responsabilidad – o el grado de ella – que les pueda corresponder ante un posible conflicto como parte integrante del mismo.
En este sentido, es frecuente la tendencia que presentan a responsabilizar a los demás tanto del conflicto en sí, como de las consecuencias en que derive. Aun siendo parte integrante del grupo implicado en el problema, es destacable el grado de irresponsabilidad que muestran ante el mismo.
Si en un equipo de trabajo, por ejemplo, se produce una incidencia que derive en un problema – como la queja de un cliente – en la que un adulto inmaduro pueda tener, o deba asumir, alguna responsabilidad al respecto, casi con toda seguridad tratará de justificar su “error” derivando la responsabilidad a las directrices que le dieron, o no le dieron, otras compañer@s.
La desconexión que el adulto inmaduro tiene con él mismo, con su propio ser, y con las circunstancias que configuran su vida, produce alteraciones significativas en la identidad que, en no pocas ocasiones, se testimonian en un repertorio de conductas extemporáneas mediante las que, según el contexto, a veces intenta exhibir una suerte de rebeldía más propia de la adolescencia que de la etapa adulta que transita.
Paradójicamente, en algunas ocasiones y frente al adolescente, los adultos inmaduros, muestran una posición simétrica que aspira, siempre de forma fallida, por cierto, a una cercanía que instale un lazo de confianza con el/la joven mediante un trato “de tú a tú”, se podría decir.
Esto es lo que explica, por ejemplo, el hecho de que en algunos casos los progenitores se posicionen frente a sus hijos en calidad de “amig@” de confianza, un confidente más, y a veces hasta cómplice, como cualquier otro de su grupo de pares; o, por el contrario, que ante un desencuentro con el/la hij@ adolescente el progenitor adopte las mismas formas de tramitar la situación que el/la joven.
Esto conducirá, sin remedio, a una situación en la que el adulto inmaduro, movilizado por su impulsividad y determinado por su falta de reflexión, quedará desubicado del lugar que le corresponde en la escena del conflicto que esté teniendo lugar.
Así las cosas, es altamente probable que el adulto, en las respuestas que dirige a su joven interlocutor, grite más alto y con faltas de respeto tan graves, o aún más, de lo que lo hace el adolescente, con lo que, lejos de llegar a un entendimiento, se agravará el conflicto.
¿Se deben tratar estos casos?
Pensar en el grado de inmadurez, en la etapa adulta de una persona, con el que se disponga a transitarla asumiendo, por ende, unas veces de forma voluntaria, e involuntaria otras, responsabilidades para las que no está preparad@, supone e impone, de forma simultánea, algo para el sujeto. Es por ello que la persona capaz de dar respuesta a una pregunta tan singular, es únicamente el sujeto en cuestión.
Por un lado, supone para la persona tener en cuenta el alto coste a nivel psicológico en general, anímico y emocional en particular, con el que repercute en todas las áreas de su vida, o en las más relevantes como mínimo. Tanto la salud de los vínculos que establece con las personas, los objetos, el dinero, el trabajo, etc., como la calidad de los mismos, quedan seriamente comprometidos llegando a tornarse fuentes de dolor y sufrimiento, a veces realmente insoportable.
Y, por otra parte, tratar de abordar e intentar resolver de la mejor forma posible el ingreso en la adultez desde una posición inmadura que quedó cristalizada por alguna(s) causa(s), y que dificulta en gran medida la vida del sujeto, impone una labor orientada a la necesidad de atender – para poder entender – las circunstancias históricas que hayan podido incurrir en esa particular forma de cristalización en el desarrollo psicológico del sujeto.
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