Mentiras en adolescentes

En su origen etimológico, mentira es un sustantivo que proviene del latín, y más concretamente del verbo mentiri, cuya raíz indoeuropea men hace alusión a la mente; es decir, que la mentira es una acción que implica el uso de la mente para su elaboración. Se trata de un recurso del lenguaje con el que convivimos desde que llegamos al mundo. De esta forma, la podemos pensar, entonces, como un uso muy particular del lenguaje, utilizado con diversos fines, y que, en última instancia, siempre implica a dos partes: emisor y destinatario.

 

Pensar sobre la mentira implicaría necesariamente, por ende, plantearse cuestiones como la función que tiene para el sujeto que miente, las consecuencias derivadas para la persona a quién se destina esa trama ficcionada o sobre los hechos sobre los que se desfigura la verdad y, por sobre todo, el asunto central de la mentira: a quién se está mintiendo.

 

Básicamente porque no siempre que la mentira está en juego tiene como destino a un otr@, es decir, a un tercero. No son pocas las veces y los temas sobre los que de manera consciente – y esencialmente inconsciente – nos mentimos a nosotros mismos. En estos casos, emisor y receptor son figuras que se reúnen en la misma persona.

 

Causas de las mentiras en los adolescentes

Estableciendo estos parámetros como punto de partida desde el que abordar este ejercicio de reflexión, resultaría desacertado emparentar mentira y adolescencia, como si una fuera marca identitaria de la otra. Supondría, igualmente, una comprensión deficitaria sobre el acto de mentir, una interpretación equívoca sobre la cuestión de la mentira y, lo que es aún peor, la negación de una evidencia palmaria: la mentira es algo aprendido de – y en – el mundo de los adultos.

 

Da buena cuenta de ello el hecho de que el ser humano recurre a la mentira desde edades muy tempranas que remiten a nuestra más tierna infancia. Cuántas veces habremos presenciado cómo alguien ha preguntado a su hij@ de tres años, pongamos por caso, si se ha hecho pipi o “popo” y el/la niñ@, contra toda evidencia, lo ha negado. Esto, por cierto, da cuenta de un aspecto importante en el uso de la mentira; a saber, que quien (se) miente presenta una férrea resistencia a reconocer haber(se) mentido.

 

En los comienzos de esa tierna infancia, el niñ@ es depositari@ del lenguaje que le transmiten las personas a cargo de sus cuidados, generalmente padres y madres. En la interacción con el  niñ@, junto con el lenguaje, al pequeño se le transmiten también los pensamientos de las personas de su entorno a través de las consignas que se les dirige con el fin de que vayan incorporando los códigos de convivencia que rigen en la cultura en la que vive y en la que tendrá que integrarse: “los hombres no lloran”, “los niñ@s educad@s hacen caso a los mayores”, “pórtate como una señorita”, etc.

Aclaremos que lo natural, lo innato, en el niñ@ es decir la verdad; sin embargo, la creencia infantil de que el adulto conoce todos sus pensamientos vendría a ser lo que inaugura, en el psiquismo, una suerte de lucha interna por tener “secretos” que escapen al conocimiento de los padres, madres o cuidadores. Dicho de otro modo, la creencia infantil de que los demás saben todo lo que el niñ@ piensa promueve la fundación de un espacio psíquico de privacidad que quedaría por fuera de ese saber de los adultos, inaccesible para las personas de su entorno.

 

Así las cosas, resultaría de obligado cumplimiento buscar la raíz de la mentira del adolescente de hoy, en la interacción que tuvo con los adultos cuando era el niñ@ de ayer. Adultos que, por cierto, utilizaron la mentira como un recurso, más o menos frecuente, en su labor educativa al prometer cosas que, a posteriori, fueron incumplidas. Tod@s conocemos situaciones cotidianas en las que el padre o la madre promete al niñ@  – sabiendo de antemano que no lo cumplirá – que, cuando acabe los deberes del cole, irán al parque a jugar, podrá comerse el helado, le darán su video juego favorito o podrá ir a casa de su amiguit@ a jugar.

 

Si pensamos esta cuestión con detenimiento, pronto observamos, por un lado, que este tipo de mentira responde a ciertas exigencias internas del niñ@ en relación al saber que el adulto tiene sobre “sus cosas”, sobre su mundo interno. El niñ@ registra, así, la necesidad de constituir un espacio de privacidad psíquica que protegerá especialmente en la adolescencia, a veces de forma inexorable, cabe reseñar.

 

Y, por otra parte, se impone necesario tener en cuenta que la mentira es un recurso desarrollado en gran medida, no sólo por la interacción con los adultos, sino también por identificación con las figuras que le rodean, y especialmente sus figuras primales.

 

La etapa adolescente es un período marcado fundamentalmente por el dolor, por el desencuentro y el conflicto – casi permanente – con la norma y con el mundo de los adultos del que aún no forma parte, fundamentalmente con el de los padres y madres. La rivalización del adolescente con su entorno está mediatizado por el uso de la mentira, por la interpelación, e incluso la negación a veces, de algunos valores transmitidos y, en algunos casos, por el empleo de la violencia verbal, física, psicológica o económica.

 

Es una etapa caracterizada, igualmente, por el desafío constante a la muerte. El adolescente es alguien que, cada tanto, expone su cuerpo al riesgo del encuentro con la muerte mediante prácticas temerarias cuya función no es otra que la de transgredir ciertos preceptos sociales, ir más allá de la ley, sobrepasar el límite marcado por lo natural o establecido por la norma. Son estos los mecanismos principales mediante los cuales el/la joven interpela las normas que desde distintos estamentos -familia, escuela, religión, etc- le han sido conferidas.

 

El motivo responde al hecho de que la adolescencia es la etapa del desarrollo en la que tiene lugar una operación psíquica de alta complejidad: el desplazamiento desde la posición infantil del niñ@ que fue…hacia el lugar de madurez del adult@ que será, con todas las transformaciones, tanto de orden biológico como psicológico, que tienen lugar en ese pasaje.

 

Conviene incluir, además, que en esta etapa irrumpe con gran intensidad otro condicionante que impulsa al adolescente, casi inevitablemente, al empleo de la mentira como si de un “comodín” que lo pone a salvo de casi cualquier situación se tratara: la presión de las circunstancias externas.

 

Nos referimos a la necesidad que le recorre de identificarse, por fuera del ámbito familiar, con un grupo de pares; proceso que, por cierto, es de vital importancia para su desarrollo psicológico en tanto que es, en el transcurso de ese pasaje, que el adolescente irá, poco a poco, construyendo la identidad del adulto que será, e historiando el niño que fue.

 

Entender la función que tiene la mentira y contextualizarla adecuadamente a las circunstancias en las que aparece en escena, es decir, teniendo en cuenta los distintos factores que intervienen en su construcción y cómo se va armando desde su inicio la trama ficticia final, nos brinda la oportunidad de operar tanto con el/la adolescente como con la situación en la que nos encontramos de manera más resolutiva y, lo que es más importante, de una forma más sana y constructiva en cuanto al vínculo entre padres/madres e hij@s se refiere.

 

psycodinamica.com
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