EL DUELO.
No deberíamos hablar del duelo que nos ocupa por un acontecimiento en particular, sino de los “duelos” que ya hemos transitado desde el mismo momento de nuestro nacimiento, a pesar de que en ocasiones ni siquiera lo supiéramos. Sufrimos, sin asociarlo con un duelo, la pérdida de ciertos privilegios infantiles, de la juventud, de la salud, de una etapa anterior en la que nos encontrábamos más confortables en nuestra vida y que, en un momento dado, sobrevino un cambio drástico, algo se complicó, y ese cambio hace ahora que nuestra existencia se torne más compleja, más pesada, más insoportable.
El duelo es un trabajo psicológico que implica el atravesamiento del dolor que produce una pérdida, y el dolor…tiene muy mala prensa. Más aún cuando se vive en una sociedad que te envuelve con propuestas de lo más variopintas para que “seas feliz”.
Habitamos un mundo marcado por una dinámica que, de una manera subliminal, señala a la persona que manifiesta estar atravesando un dolor como un ser débil, deficitario y, por supuesto, in-feliz. Dicho de otra forma, como un ser ubicado en la posición contraria a todas aquellas propuestas a la carta para conseguir la tan sobreestimada “felicidad”: haciendo tal o cual viaje, ocultando los signos naturales de envejecimiento, conociendo a tal o cual persona, buscando el peso, imagen y cuerpo perfecto que imponen los cánones actuales de belleza…en definitiva, cualquier opción parece ser válida como antídoto para acabar con la desazón y la tristeza tan honda que nos habita en algunas situaciones de la vida, ofreciendo la “fórmula mágica” que nos colocará en el centro de la tan anhelada felicidad…o como mínimo a sus puertas.
Sobre el trabajo del duelo existe una extensa bibliografía en la que se explica detalladamente todas las fases de las que se compone, su orden, en qué consisten, sus principales características…Podríamos decir, sin lugar a dudas, que es un concepto muy bien explicado y razonado…pero muy poco comprendido en su dimensión y profundidad. Por lo general, la gente suele asociar, erróneamente, por cierto, duelo con olvido.
Duelar un amor que ya no está en nuestras vidas o la pérdida de un ser querido, no es olvidar aquello, o a aquellos, que perdimos. El duelo más bien tiene que ver con el esfuerzo que realiza el psiquismo por no morir con aquello que ya no está más en nuestras vidas – sea un trabajo, una relación, una mascota….
El dolor es una sensación física o emocional que el ser humano trata de evitar a toda costa. A nadie, en términos generales, le gusta el sufrimiento; sin embargo, en ocasiones el dolor viene a dar cuenta, por un lado, de que estamos sanos, y por otro, además, de que un equilibrio existente se ha roto, ha quebrado. Es ese quiebre el que, justamente, desencadena el dolor que ha de acompañarnos durante un tiempo, y que tendremos que elaborar de la mejor forma posible para que de ese proceso pueda salir alguien distinto al que entró, alguien que habrá experimentado un crecimiento personal.
El dolor emocional es el esfuerzo que lleva a cabo nuestro psiquismo para readaptarse tras la pérdida de algo o alguien a quién se ha amado. Tratemos de graficarlo con un ejemplo: si pensamos en alguien que va andando y, de pronto, tropieza y cae al suelo, su cuerpo necesariamente tendrá que hacer varios movimientos para volver a incorporarse. Si en uno de esos momentos de reincorporación le solicitáramos a esa persona que “congelara” su movimiento y permaneciera inmóvil en uno de ellos, sin haber terminado de incorporarse, veríamos de forma clara la tensión y el sobre esfuerzo que algunos músculos concretos tienen que soportar en el proceso de volver a ponerse en pie.
Para el dolor psicológico las cosas funcionan, salvando las distancias, de una forma, más o menos, similar. El sufrimiento que nos recorre en el atravesamiento de un duelo responde al esfuerzo que está llevando a cabo nuestro psiquismo para recuperar un equilibrio que se perdió a partir de aquella ruptura, de aquel traslado, de aquello que perdimos, al fin y al cabo, y ese sufrimiento…habla del deseo de volver a ponerse en pie, no de quedarse derrotado en el suelo.
Pérdida y duelo son dos conceptos, obviamente, trenzados entre sí; y la pérdida es algo que nos acompaña desde el mismo momento en que nacemos. Ahí ya comenzamos a perder, para empezar, ese estado homeostático de equilibrio total que nos proporciona la vida intra uterina. Después, con los años, y según vamos creciendo y adaptándonos al entorno en el que vivimos, iremos perdiendo otras cosas o ciertos “privilegios” que implican el atravesamiento de un duelo, aunque en muchas ocasiones no seamos plenamente conscientes de ello.
Es lo que ocurre, por ejemplo, en la adolescencia cuando el/la joven se ve forzado a abandonar ciertos “privilegios” infantiles y es solicitado para que asuma nuevas responsabilidades, que son en definitiva las que le exige la cultura en la que habita. Lo mismo ocurre en la infancia, que es para el/la niñ@, en esencia, una etapa de pérdidas: el equilibrio intrauterino antes mencionado, la adaptación paulatina a ciertos horarios y normas, el control de sus esfínteres, el cambio en los hábitos y en la alimentación, las exigencias escolares…
En la etapa adulta, en cambio, el padecimiento que genera un duelo parece ser vivido como algo novedoso para la persona, algo inaugural y más perceptible, que parece ser diferente a aquellos que la pérdida nos obligó a transitar en otras etapas de nuestra vida, cuando en realidad es un padecimiento de la misma naturaleza que todos los anteriores, aunque, eso sí…que se juega en escenarios diferentes y con intensidades distintas.
Cuando una persona está atravesando un duelo, nos da cuenta de que ha amado eso que ha perdido. Sólo se duela lo que se ama, y para amar, nos guste o no, tenemos que asumir que en algún momento vamos a tener que enfrentarnos al dolor que nos causará la pérdida de aquello que amamos porque todo y tod@s estamos sujetos a la ley de la impermanencia: una pareja, la juventud, la salud, una ciudad, un trabajo…y a todo eso nos ha unido el amor durante un periodo finito de tiempo (finito como el de nuestra propia vida).
Nadie sale de un duelo siendo la misma persona que era cuando entró en él, porque en medio, durante el proceso del trabajo del duelo, la persona ha tenido que seguir adelante con su vida en un mundo que le resulta totalmente desconocido. El que hasta ese momento ha sido su hogar familiar, de pronto se torna en la casa en la que habita, sin más…ni menos, porque “casa” y “hogar”, si bien apuntan a la misma idea, no nos remiten al mismo significado en absoluto.
La casa es un edificio, se habita, se decora; en el hogar se emplea nuestro tiempo de vida con todos los momentos y sabores que tienen cada uno de ellos; dicho de otra forma, en el “hogar” se vive…y eso que se vive son momentos, experiencias que transforman un lugar destinado a ser habitado al que llamamos “casa” en aquel lugar en el que desarrollamos nuestra vida desde lo más íntimo de nosotros mismos.
Aquell@s compañer@s, amig@s a los que se tenía casi a diario en el escenario cotidiano de la vida, de pronto, desaparecen porque el escenario ahora es distinto: es otra empresa, otro barrio, otra ciudad, ninguna pareja que da los buenos días…y aun conservando la destreza para trabajar y las habilidades sociales como para crear nuevas relaciones sociales, lo cierto es que “ese mundo” …era un mundo totalmente desconocido para quién ahora se adentra en el trabajo del duelo.
Hay un cambio abrupto en las rutinas cotidianas que deja al descubierto la falta, el hueco que dejó aquello que se perdió, y esa experiencia es la que coloca a la persona en una posición vital que le obliga a rearmarse de una forma nueva, por un camino distinto en el que aquello que perdió no figura en el paisaje que transita y eso…fortalece, nos hace crecer y replantearnos algunas cuestiones que tienen que ver con nuestro fuero más interno.
El duelo, tan comúnmente asociado a la muerte, es, por el contrario, la prueba más evidente de que estamos vivos y de que deseamos seguir viviendo.


