La Infidelidad

Resulta muy chocante pensar en la infidelidad como un tema que no necesariamente tiene nada que ver con el hecho de tener relaciones sexuales con una persona que no es nuestra pareja. Así es, alguien puede practicar sexo eventualmente con otra persona con la que no tiene una relación…y no, necesariamente, por ello le está siendo infiel a su pareja.

Para tratar de entender la infidelidad y por qué nos causa tanto dolor resulta, casi de obligado cumplimiento, señalar como punto de partida que el ser humano no es monógamo por naturaleza. La monogamia es una cuestión cultural; un acuerdo social que, en ocasiones, resulta difícil de sostener porque, cuando menos lo esperamos, descubrimos que nos puede recorrer el deseo por alguien distinto de la pareja con la que tenemos un acuerdo de exclusividad – tácito, casi siempre -.

Alguien puede preguntarse: ¿por qué mi pareja desearía tener sexo con otra persona si me ama a mí? Si es así es que, en realidad, no me ama…o me ama menos de lo que yo pensaba. Es fácil, y bastante común, caer en esa dinámica de pensamientos confusos y contradictorios que nos atormentan y eso se debe a que, para la mayoría de las personas, amor y deseo son dedos de una misma mano, sin embargo, la realidad nos devuelve algo distinto.

Si pensamos la infidelidad como el mero hecho de tener relaciones sexuales con otra persona distinta a la que es nuestra pareja, tendríamos que preguntarnos si no existiría entonces la infidelidad en el marco de una pareja abierta, o swinger, o que practiquen los encuentros sexuales de a tres. Y la respuesta inmediata es que sí, por supuesto que existe la infidelidad en esos formatos de pareja. En la medida en la que el acuerdo al que llegaron los integrantes de la pareja cuando comenzaron su relación se vea quebrantado…estaríamos ante una infidelidad.

Pensemos en una pareja que, al momento de constituirse, acuerdan que de forma eventual integrarán a un tercero en sus encuentros sexuales con la condición, eso sí, de que siempre han de estar los dos cuando se incluya a un tercero en sus relaciones sexuales. En un caso así podríamos hablar de infidelidad cuando uno de los integrantes de la pareja decida tener un encuentro sexual con el tercero dejando a su pareja por fuera de ese escenario, porque estaría quebrantando el acuerdo sobre el que se edificó esa relación.

Efectivamente, amor y deseo no necesariamente tienen por qué apuntar en la misma dirección ni sentirse por la misma persona. Alguien puede amar profundamente a su pareja y eso no va a impedir, en ningún caso, que el deseo erótico por otra persona lo recorra inesperadamente, o sentirse atraíd@ – y cada vez más, por cierto – por el/la compañer@ nuev@ al que contrataron en el trabajo hace unos días. No se puede decidir lo que deseamos…pero sí podemos, y debemos porque no nos queda otra, elegir qué hacemos con nuestro deseo, y, después, hacernos responsables de esas decisiones y, por ende, de sus consecuencias.

Nuestra cultura nos ha inculcado la monogamia como único formato posible en el que amor y deseo pueden – y hasta deben – convivir, asociándose de esta manera a valores como la sinceridad o la honestidad, por ejemplo. Tal vez eso constituya el motivo por el que el mayor reto para sostener una pareja, cuyos integrantes se definen como monógamos, se encuentre justamente en esa cuestión, en construir un camino por el que amor y deseo se direccionen y concurran en la misma persona, aunque sin olvidar que el deseo, el de uno mismo y el ajeno, es una fuente inagotable – por suerte -.

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