La soledad

A lo largo de la Historia conocemos al ser humano como un ser de grupo, gregario, integrante de una tribu. Sin embargo, paradójicamente los acontecimientos más importantes y decisivos de nuestra existencia los llevamos a cabo en la más estricta soledad.

 

Sin ir más lejos, tanto la experiencia del nacimiento como el encuentro con la muerte son pasajes, como muchos otros que tienen lugar entre ambos polos de nuestra existencia, que acontecen rodeados y asistidos por otras personas y, sin embargo, la vivencia se registra en la más profunda individualidad; es decir, en absoluta soledad.

 

Pensemos en alguien que se anima, pongamos por caso, a cruzar a nado una distancia kilométricamente considerable en aras de obtener fondos para un fin benéfico, o bien en otra persona que se propone surcar una travesía extensa en velero que conllevará permanecer navegando en soledad por un largo período de tiempo – retos que en los últimos tiempos están muy en boga -.

 

En los dos casos estaríamos ante peripecias que se llevan a cabo orquestadas, obviamente, con medios y servicios técnicos de asistencia, auxilio, etc, que minimicen los riesgos. Sin embargo, la realidad nos marca que quién está invadido por el cansancio del esfuerzo hecho, por el miedo a fracasar en algunos momentos y por las ganas de rendirse en otros, es, únicamente, aquel que lo está llevando a cabo.

 

Así lo evidencia el hecho de que, una vez concluido el reto, la mirada de los medios de divulgación y los titulares que generan recaen sobre el protagonista de la hazaña, pero no sobre el equipo humano que lo acompañó durante su periplo. La pregunta sería entonces, qué es lo que nos asusta tanto de la soledad si estamos destinados a transitar los momentos más críticos de nuestra vida recorridos por ella.

 

Gran parte de la respuesta la encontramos en aquello que habita en la soledad, y que básicamente es un sujeto confrontado a un universo de recuerdos, anhelos, miedos, incertidumbres, etc. que se concentran en un torrente de preguntas que le asaltan, y para las que no haya respuestas.

 

Y más aún, preguntas que, por su falta de respuesta, nos conducen hacia un territorio indeseado, que no queremos visitar, y que de forma fallida tratamos de evitar una y otra vez a toda costa: el territorio del dolor, la angustia y el padecimiento que supone asumir que ante los momentos más críticos…todo ser humano está solo.

Variantes de la soledad.

Con todo y eso, podemos distinguir distintas variantes de soledad. Por un lado, tenemos la soledad impuesta, en el polo opuesto localizamos la soledad elegida, y en medio de ambos encontraríamos la soledad necesaria.

La primera de ellas, la soledad impuesta, es generadora de dolor en tanto que es algo que le cae encima al sujeto de forma, generalmente, inesperada. Se trata de un estado angustioso en que el sujeto queda desubicado frente a al mundo que había armado, que conocía, y en el que algo cae de repente – se rompe una relación, se pierde un ser querido, se sufre un traslado de ciudad o un cambio de empresa -.

 

La soledad necesaria, es aquella que viene de la mano de la variante anterior, la soledad impuesta. Nos referimos al estado de soledad que, ineludiblemente, resulta necesaria para recuperar el equilibrio perdido a partir de algo que trastocó nuestro mundo.

 

También es dolorosa, angustiosa, e, incluso, por momentos insoportable, pero incalculablemente valiosa y constructiva en el resurgimiento de un sujeto nuevo a partir de lo que quedó de él tras ese acontecimiento que desplazó el eje de su vida. No se puede pasar de una habitación a la otra sin atravesar el pasillo.

 

El miedo a la soledad – que en ocasiones y para algunas personas se torna en espanto – queda expuesto de forma clara en los casos en los que, tras una ruptura sentimental, algunas personas parecen experimentar una suerte de huida hacia adelante armando una relación nueva sin haberse recuperado de la anterior.

 

Es decir, pretenden pasar de una habitación a la habitación contigua abriendo una puerta interior en la pared que las comunica, evitando atravesar el pasillo de la soledad. Se trata, por tanto, como vemos en consulta, de un intento – siempre infructuoso -de tapar las voces de su propia soledad con el ruido más fuerte de una nueva relación, ignorando que, más tarde o más temprano, y por mucho que intente evadirla, en algún momento el sentimiento de soledad los va alcanzar.

 

La soledad elegida, en cambio, refiere a un estado interno en el que la persona puede convivir con sus recuerdos, con sus anhelos, con sus miedos, es decir, con todo aquello que lo habita y que, pese a la incomodidad que pueda implicar a veces, su mundo no se desmorona, ni pierde su equilibrio interior. Generalmente, este tipo de soledad es la que se registra en aquellas personas que, de alguna manera, accedieron, mediante un trabajo introspectivo, a un conocimiento sobre ellos mismos que les brinda un sostén y un marco de contención propio.

 

Hablamos de un estado interno en el que la soledad, si bien en ocasiones puede resultar incómoda, no supone un elemento perturbador que le genere sufrimiento al sujeto, sino que más bien se ha transformado en lo contrario. Es decir, que podemos encontrarnos con personas para quienes vivir sol@, por ejemplo, adquiera un valor tan elevado que hace que se planteen mucho, y muy seriamente, la posibilidad de incluir en sus vidas algo o a alguien hasta un punto en el que pueda quedar en riesgo ese espacio de intimidad que pudo construir con lo que, tiempo atrás, fue un sentimiento de soledad incipiente y persecutorio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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