Perdón y Olvido

El arte del perdón, cuando es abordado en su verdadera dimensión, resulta ser un acto complejo que requiere condiciones que no están al alcance de todo aquel que se propone perdonar. Requiere hacer un trabajo profundo sobre uno mismo que nos llevará a descubrir si podemos neutralizar, o no, los efectos del dolor que nos causaron, y la capacidad que conserva para irrumpir en la relación que tenemos con la otra persona, con independencia del tipo de relación que sea.

Perdonar es un acto que goza de muy buena prensa, y que ennoblece a quién dice, o aparenta, haber perdonado a alguien. De alguna manera, lo coloca en una posición de generosidad y de cierta superioridad que, a la vez y en algunos casos, resulta muy tentadora para ejercer el poder sobre quién nos causó el dolor.

Lo cierto es que no es mejor persona el que perdona, que aquel que no puede perdonar. De hecho, es signo de salud reconocer que, pese haberlo intentado – o no -, algo no se puede perdonar, en vez de seguir adelante como si nada hubiera pasado, mirando hacia otro lado, para ir soltando indirectas recurrentes a cada momento aprovechando la más mínima oportunidad.

En algunos casos de pareja, por ejemplo, es frecuente encontrarnos con el famoso “yo perdono, pero no olvido” – que es una forma de no perdonar – cuando al momento de descubrir una infidelidad por parte de alguno de los integrantes, quien ha sido engañado trata de seguir adelante con la relación en un lugar en el que, como damnificado, parece habilitarle el derecho de ejercer un poder sobre quién causó su dolor.

En la mayoría de estos casos nos encontramos con que, de un lado, quién cometió la infidelidad se queda, inconscientemente, en la pareja con el único propósito de ser castigado por el daño que reconoce haber causado, pagando una deuda interminable y tratando de expiar así, erróneamente, su culpa.

Y, del otro lado, se desvela que aquel que fue traicionado tampoco pone fin a la relación para, justamente, equilibrar los tantos de alguna manera, y tener así la oportunidad de desquitarse – de forma fallida en todos los casos – algo del dolor que le causaron. Tanto en un caso como en el otro estaríamos ante una situación patológica.

Debemos asumir que no todo se puede perdonar, ni se debe tampoco. Hay cosas que son imperdonables, y así lo expresa el refrán que dice “Errar es humano, perdonar es divino”, cuando coloca el error del lado del hombre, y el perdón absoluto – por horrenda que sea la causa – en manos de Dios.

El asesinato de un ser querido, una violación, un acto terrorista o los diversos genocidios que ha sufrido la Humanidad, y de los que hay registro en los archivos de la Historia, son ejemplos de cosas que debemos autorizarnos a no perdonar nunca.

El olvido es una cuestión, si se quiere, aún más compleja que el perdón. Tampoco es algo que podamos aplicar ni a todo lo que quisiéramos, ni de forma selectiva y voluntaria tampoco. En todos nosotros habitan recuerdos que, por mucho que se intenta, la marca que dejó un acontecimiento concreto parece no perder su vigencia, ni siquiera por el deterioro de la huella mnémica que, a veces, produce el paso del tiempo.

Esto último, el deterioro de un recuerdo producido por el paso del tiempo, es una de las formas de olvido, tal vez la más conocida y a la que muchas personas se aferran con la esperanza de que cuando aquello que nos causa sufrimiento se olvide…perderá todo su potencial para hacernos daño.

Todos hemos oído alguna vez eso de que “el tiempo todo lo cura” …o no? Como si para que algo dejara de afectarnos sólo bastara con el paso del tiempo. La realidad nos dice, en cambio, otra cosa. Nos indica que no es así, en absoluto. Al menos no en todos los casos, tal y como lo demuestra la práctica clínica al develar la insistencia de los efectos de un trauma que se vivió hace mucho tiempo, y del que apenas se conserva un recuerdo que se pueda rescatar voluntariamente.

Contrariando al dicho popular, diremos que el tiempo, en no pocas ocasiones, es el lienzo sobre el que se proyecta en forma de acto, una y otra vez, aquello que consciente y aparentemente creemos haber olvidado, y que, sin embargo, recordamos de una forma muy particular: eligiendo nuevamente una pareja que nos daña de la misma forma que las anteriores, asumiendo una vez más la responsabilidad de algo que no nos corresponde, quedándonos en relaciones donde nos agreden o humillan, atrapados en amistades que sufrimos más de lo que las disfrutamos…

Todas ellas son formas muy particulares de recordar algo que, en principio, parecía estar olvidado, y a veces creíamos incluso haber superado. Supone, por tanto, una invitación a pensar sobre lo que es el olvido, lo que es el perdón y, sobre todo, a cuestionarnos sobre las dificultades con las que nos encontramos cuando la vida nos coloca en situaciones en las que “olvido y perdón” sobre algo que nos deja un dolor que nos recorre, y del que aparentemente no podemos escapar, son cuestiones a resolver.

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