“La paternidad/maternidad está sobrevalorada”, es una frase que se permiten decir en voz alta algun@s pacientes en el marco de privacidad que ofrece la consulta. El deseo de ser padre/madre…sin morir en el intento, nos coloca, con bastante frecuencia – y casi siempre en secreto -, en un lugar de contradicción cuando nos asaltan estos pensamientos fugaces que, generalmente, vienen de la mano de un fuerte sentimiento de culpa, avivado por eso tan espantoso que hayamos pensado o, como mínimo, por habérnoslo planteado.
Frases tan conocidas y categóricas como “un hij@ es lo mejor que te puede pasar en la vida” o “el amor por un hij@ es incondicional” queda muy lejos de lo que nos devuelve la realidad como vivencia. Y no es que tener un hijo, a pesar de lo que implica en – y para – la vida de cualquiera, no sea de las cosas que nos hacen vivir momentos de los más intensos de nuestra existencia, y que seamos recorridos por los sentimientos y emociones más profundos y potentes que el ser humano pueda experimentar.
No, nada que ver; la cuestión es que, precisamente, por ser una de las experiencias más profundas que podemos vivenciar, es, también a su vez, de las que más nos van a poner en contacto con sentimientos de angustia y frustración de similar intensidad, y que parecen quedar en un segundo o tercer plano, velados por una visión y versión acerca de la paternidad/maternidad que distan mucho de las dificultades que entraña algo tan decisivo cuando tratamos de ponerlo en juego en el escenario de la realidad, y nos aproxima de forma tan engañosa como peligrosa a un ideal sobrevaloradamente romántico de la cuestión en sí.
El ideal de padres/madres que hacen esfuerzos titánicos por procurar a sus hijos todo aquello de lo que ell@s – generalmente – carecieron, y habitados casi siempre por la equívoca creencia de que estos esfuerzos saldarán aquellas faltas, coloca al sujeto en un lugar de angustia provocada por la confusión que existe entre lo que entendemos por “ser un buen padre” y ser “un padre bueno”, que para nada se trata de lo mismo. Para el caso de la madre el dilema, obviamente, oscila entre los mismos parámetros: “ser una buena madre” o “ser una madre buena”.
El ejercicio de la función paterna y materna.
El acceso a la paternidad o a la maternidad, por lo general es maravilloso, pero también lleva implícita una importante cuota de angustia que nos va a acompañar, en mayor o menor medida, desde el mismo momento del nacimiento de nuestro retoño y durante toda nuestra vida.
Desde que nos convertimos en progenitores nos recorre el deseo de proteger a nuestro retoño de toda situación que pueda dificultar, o incluso amenazar, su bienestar en cualquiera de sus diversos órdenes, y eso nos impulsa hacia un territorio imaginario inalcanzable que nos llena en ocasiones de frustración y genera un sufrimiento que, en ocasiones tal y como nos muestra la clínica, puede llegar a cronificarse.
Como padres y madres, nos vemos obligados a convivir con, y dentro de, un escenario que nos impone una realidad invariable para tod@s: nuestr@s hij@s van a tener que enfrentarse, por sus propios medios, a las situaciones que nos plantea un mundo, antes que nada, hostil…y no vamos a poder hacer nada por evitarle el ingreso a un universo de dificultades y conflictos que le aguardan en cada área de su vida – en el amor, en la época de estudios, en el trabajo, en la esfera social, etc -; como tampoco alcanzaremos, padres y madres, para evitar que experimente el sufrimiento que conlleva el encuentro con la frustración, ni la angustia que genera la incertidumbre de lo desconocido. Son destinos fatales e ineludibles a los que arriba todo aquel que transita una vida, y eso incluye, cómo no, al/la lector@.
Planteadas, así las cosas, lo más interesante para todas las partes implicadas – padres, madres e hij@s – parece apuntar hacia un ejercicio de la función, paterna y materna, más orientado en la labor de acompañar y asistir a un ser indefenso, que llega al mundo con un grado de dependencia total, en la construcción de un sujeto adulto que ha sido dotado de las herramientas necesarias para sostenerse en ese mundo lleno de posibilidades al que, en palabras de Martin Heidegger, fue arrojado.
Y es justo aquí donde emergen las mayores dificultades para aquellos que están a cargo de la crianza y cuidado de ese retoño, y cuya labor debería enfocarse en la “construcción” de ese sujeto autónomo que será en su vida adulta.
Dicha labor pasa ineludiblemente por el encuentro gradual del retoño con la experiencia de la frustración. Aquí es donde encontramos la diferencia entre el “padre bueno” que se deja ganar siempre al monopoli en aras de evitarle al infante la frustración que supone perder, frente al “buen padre” que, tras ganar la partida, y a riesgo de la consiguiente pataleta, se toma la molestia de amigar al infante con un momento tan indeseable como es la pérdida.
Tan indeseable como ineludible porque, por más que nos pese, por incómodo que resulte asumir, en la vida TODO no se puede, y nos guste o no vamos a tener que transitar la vida en compañía de viajeros tan perturbadores como la falta de cosas que deseamos y que ilusoriamente creemos que vendría a acabar con nuestra incompletud.
La cuestión aquí sería…cómo harían unos padres, en su labor de crianza, para transmitir a su hij@ una verdad que nos recorre a todos y de la que nadie puede escapar – que siempre nos va a faltar algo de aquello que deseamos – si todos sus esfuerzos van encaminados a que al niñ@ no le falte de nada. Dicho de otro modo, si ellos no han podido asumir, aceptar e integrar esa verdad previamente; es decir, la falta.


